lunes, 25 de enero de 2016

Conclusión


foto 15, tomada de imágenes google


Considero que los discursos, la tecnología, los personajes poderosos y los medios de comunicación son herramientas de saber en nuestra vida cotidiana, pero que a su vez también influyen de manera decisiva sobre nosotros.


Ahora no estamos acostumbrados a leer o escuchar más allá de lo que se nos viene dado, por lo que en cierta forma al controlar nuestra vida a través de mandos establecidos como lo son los electrónicos nos convertimos en seres dependientes de la tecnología y fomentamos el ocio.


Actualmente la “era de redes”, en la cual la pantalla involucra a la publicidad y un mundo simulado, hace que nos volvamos seres narcisistas en el cual las redes sociales también juegan un rol importante creando en nosotros una escena de interioridad como es el espejo en el cual importa mucho más la vida social, la popularidad y la comodidad antes que los espacios cotidianos donde se compartía, el espacio y el tiempo privado al que todo individuo tiene derecho. 


La sobre información, lo obsceno y lo demasiado visible forman parte de nuestra vida cotidiana haciéndonos cada vez más, seres conformistas y morbosos.


En cuanto al discurso el mismo ejerce poder pero más tiene poder quien lo ejerce. La sociedad es capaz de generar discursos, controlar lo que en ellos se diga y encargarse de distribuirlos. El problema es que generalmente los discursos son totalizantes, por lo que los grupos doctrinarios son los que se encargan de divulgarlos en todo el mundo y en los que juega mucho la voluntad del saber ya que ellos deciden qué y quienes tienen que saber cierta información, lo cual les hace adquirir más poder y seguidores dentro de una sociedad.


En consecuencia como vimos en el ejemplo, somos nosotros mismos los que decidimos que mirar y decidir si la información que se nos da es la suficiente, la correcta o si debemos buscar más información, claramente respetando la vida privada y la opinión de los demás, para dejar de un lado el mundo simulado por el éxtasis de la comunicación y el orden de los discursos.



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